Sonreía, era algo que solía hacer, constantemente de hecho. Un curioso aspecto de su personalidad, refrescante como la brisa en un caluroso día de verano, inesperado después de estar a menudo rodeado de negatividad. De cualquier forma le encantaba, no solo por el hecho de que tuviera una sonrisa francamente bonita, si no porque le gustaba verle feliz.
De todas formas no tenía mucho tiempo de admirarla, estaba demasiado ocupado besando sus labios, cuando estos no recorrían sus mejillas, su frente o su nariz. Ambos eran juguetones, lo notaba en esos mordisquitos suaves en la oreja, en los labios subiendo y bajando acechantes por el cuello, en esas caricias que se detenían justo antes de llegar al que parecía su destino.
Una piel que emanaba fuego pero no quemaba, fricción centelleante al tacto, pero suave y perfectamente en sintonia con la suya. Como cuando dos piezas de un rompecabezas encajan a la perfección, así sentía que sus cuerpos se movían, al unisono, conectados.
Los rayos de la luna dotaban a su figura de una palidez bastante favorecedora, pero aunque así no hubiese sido se sentía cómodo, no podía pensar en otra cosa que no fuera en esa sonrisa que se intercalaba con mordiscos y con sonidos muy agradables para sus oídos.
Dos amantes entrelazados, dos llamas encendidas, fundidas en una sola, dos lenguas de fuego como diría Becquer.
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